Estimado señor: Le envío el informe confidencial que me pidió. Incluyo un recibo por mis honorarios. Le ruego se sirva cubrirlos mediante cheque o giro postal. Confío en que el precio de mis servicios le parezca justo. El informe salió más largo y detallado de lo que en un principio supuse. Tuve que redactarlo varias veces para lograr cierta claridad ante lo difícil y aun lo increíble del caso. Reciba los atentos saludos de
Ernesto Domínguez Puga
Detective Privado
Palma 10, despacho 52
México, Distrito Federal,
sábado 5 de mayo de 1972.
Informe confidencial
El 9 de agosto de 1943 la señora Olga Martínez de Andrade y su hijo de seis años, Rafael Andrade Martínez, salieron de su casa (Tabasco 106, colonia Roma). Iban a almorzar con doña Caridad Acevedo viuda de Martínez en su domicilio (Gelati 36 bis, Tacubaya). Ese día descansaba el chofer. El niño no quiso viajar en taxi: le pareció una aventura ir como los pobres en tranvía y autobús. Se adelantaron a la cita y a la señora Olga se le ocurrió pasear al niño por el cercano Bosque de Chapultepec.
Rafael se divirtió en los columpios y resbaladillas del Rancho de la Hormiga, atrás de la residencia presidencial (Los Pinos). Más tarde fueron por las calzadas hacia el lago y descansaron en la falda del cerro.
Llamó la atención de Olga un detalle que hoy mismo, tantos años después, pasa inadvertido a los transeúntes: los árboles de ese lugar tienen formas extrañas, se hallan como aplastados por un peso invisible. Esto no puede atribuirse al terreno caprichoso ni a la antigüedad. El administrador del Bosque informó que no son árboles vetustos como los ahuehuetes prehispánicos de las cercanías: datan del siglo XIX. Cuando actuaba como emperador de México, el archiduque Maximiliano ordenó sembrarlos en vista de que la zona resultó muy dañada en 1847, a consecuencia de los combates en Chapultepec y el asalto del Castillo por las tropas norteamericanas.
El niño estaba cansado y se tendió de espaldas en el suelo. Su madre tomó asiento en el tronco de uno de aquellos árboles que, si usted me lo permite, calificaré de sobrenaturales. Pasaron varios minutos. Olga sacó su reloj, se lo acercó a los ojos, vio que ya eran las dos de la tarde y debían irse a casa de la abuela. Rafael le suplicó que lo dejara un rato más. La señora aceptó de mala gana, inquieta porque en el camino se habían cruzado con varios aspirantes a torero quienes, ya desde entonces, practicaban al pie de la colina en un estanque seco, próximo al sitio que se asegura fue el baño de Moctezuma.
A la hora del almuerzo el Bosque había quedado desierto. No se escuchaba rumor de automóviles en las calzadas ni trajín de lanchas en el lago. Rafael se entretenía en obstaculizar con una ramita el paso de un caracol. En ese instante se abrió un rectángulo de madera oculto bajo la hierba rala del cerro y apareció un hombre que dijo a Rafael:
-Déjalo. No lo molestes. Los caracoles no hacen daño y conocen el reino de los muertos.
Salió del subterráneo, fue hacia Olga, le tendió un periódico doblado y una rosa con un alfiler:
-Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda.
Olga dio las gracias, extrañada por la aparición del hombre y la amabilidad de sus palabras. Lo creyó un vigilante, un guardián del Castillo, y de momento no reparó en su vocabulario ni en el olor a humedad que se desprendía de su cuerpo y su ropa.
Mientras tanto Rafael se había acercado al desconocido y le preguntaba:
-¿Ahí vives?
-No: más abajo, más adentro.
-¿Y no tienes frío?
-La tierra en su interior está caliente.
-Llévame a conocer tu casa. Mamá ¿me das permiso?
-Niño, no molestes. Dale las gracias al señor y vámonos ya: tu abuelita nos está esperando.
-Señora, permítale asomarse. No lo deje con la curiosidad.
-Pero, Rafaelito, ese túnel debe de estar muy oscuro. ¿No te da miedo?
-No, mamá.
Olga asintió con gesto resignado. El hombre tomó de la mano a Rafael y dijo al empezar el descenso:
-Volveremos. Usted no se preocupe. Sólo voy a enseñarle la boca de la cueva.
-Cuídelo mucho, por favor. Se lo encargo.
Según el testimonio de parientes y amigos, Olga fue siempre muy distraída. Por tanto, juzgó normal la curiosidad de su hijo, aunque no dejaron de sorprenderla el aspecto y la cortesía del vigilante. Guardó la flor y desdobló el periódico. No pudo leerlo. Apenas tenía veintinueve años pero desde los quince necesitaba lentes bifocales y no le gustaba usarlos en público.
Pasó un cuarto de hora. El niño no regresaba. Olga se inquietó y fue hasta la entrada de la caverna subterránea. Sin atreverse a penetrar en ella, gritó con la esperanza de que Rafael y el hombre le contestaran. Al no obtener respuesta, bajó aterrorizada hasta el estanque seco. Dos aprendices de torero se adiestraban allí. Olga les informó de lo sucedido y les pidió ayuda.
Volvieron al lugar de los árboles extraños. Los torerillos cruzaron miradas al ver que no había ninguna cueva, ninguna boca de ningún pasadizo. Buscaron a gatas sin hallar el menor indicio. No obstante, en manos de Olga estaban la rosa, el alfiler, el periódico -y en el suelo, el caracol y la ramita.
Cuando Olga cayó presa de un auténtico shock, los torerillos entendieron la gravedad de lo que en principio habían juzgado una broma o una posibilidad de aventura. Uno de ellos corrió a avisar por teléfono desde un puesto a orillas del lago. El otro permaneció al lado de Olga e intentó calmarla.
Veinte minutos después se presentó en Chapultepec el ingeniero Andrade, esposo de Olga y padre de Rafael. En seguida aparecieron los vigilantes del Bosque, la policía, la abuela, los parientes, los amigos y desde luego la multitud de curiosos que siempre parece estar invisiblemente al acecho en todas partes y se materializa cuando sucede algo fuera de lo común.
El ingeniero tenía grandes negocios y estrecha amistad con el general Maximino Ávila Camacho. Modesto especialista en resistencia de materiales cuando gobernaba el general Lázaro Cárdenas, Andrade se había vuelto millonario en el nuevo régimen gracias a las concesiones de carreteras y puentes que le otorgó don Maximino. Como usted recordará, el hermano del presidente Manuel Ávila Camacho era el secretario de Comunicaciones, la persona más importante del gobierno y el hombre más temido de México. Bastó una orden suya para movilizar a la mitad de todos los efectivos policiales de la capital, cerrar el Bosque, detener e interrogar a los torerillos. Uno de sus ayudantes irrumpió en Palma 10 y me llevó a Chapultepec en un automóvil oficial. Dejé todo para cumplir con la orden de Ávila Camacho. Yo acababa de hacerle servicios de la índole más reservada y me honra el haber sido digno de su confianza.
Cuando llegué a Chapultepec hacia las cinco de la tarde, la búsqueda proseguía sin que se hubiese encontrado ninguna pista. Era tanto el poder de don Maximino que en el lugar de los hechos se hallaban para dirigir la investigación el general Miguel Z. Martínez, jefe de la policía capitalina, y el coronel José Gómez Anaya, director del Servicio Secreto.
Agentes y uniformados trataron, como siempre, de impedir mi labor. El ayudante dijo a los superiores el nombre de quien me ordenaba hacer una investigación paralela. Entonces me dejaron comprobar que en la tierra había rastros del niño, no así del hombre que se lo llevó.
El administrador del Bosque aseguró no tener conocimiento de que hubiera cuevas o pasadizos en Chapultepec. Una cuadrilla excavó el sitio en donde Olga juraba que había desaparecido su hijo. Sólo encontraron cascos de metralla y huesos muy antiguos. Por su parte, el general Martínez declaró a los reporteros que la existencia de túneles en México era sólo una más entre las muchas leyendas que envuelven el secreto de la ciudad. La capital está construida sobre el lecho de un lago; el subsuelo fangoso vuelve imposible esta red subterránea: en caso de existir, se hallaría anegada.
La caída de la noche obligó a dejar el trabajo para la mañana siguiente. Mientras se interrogaba a los torerillos en los separos de la Inspección, acompañé al ingeniero Andrade a la clínica psiquiátrica de Mixcoac donde atendían a Olga los médicos enviados por Ávila Camacho. Me permitieron hablar con ella y sólo saqué en claro lo que consta al principio de este informe.
Por los insultos que recibí en los periódicos no guardé recortes y ahora lo lamento. La radio difundió la noticia, los vespertinos ya no la alcanzaron. En cambio los diarios de la mañana desplegaron en primera plana y a ocho columnas lo que a partir de entonces fue llamado "El misterio de Chapultepec''.
Un pasquín ya desaparecido se atrevió a afirmar que Olga tenía relaciones con los dos torerillos. Chapultepec era el escenario de sus encuentros. El niño resultaba el inocente encubridor que al conocer la verdad tuvo que ser eliminado.
Otro periódico sostuvo que hipnotizaron a Olga y la hicieron creer que había visto lo que contó. En realidad el niño fue víctima de una banda de "robachicos''. (El término, traducido literalmente de kidnapers, se puso de moda en aquellos años por el gran número de secuestros que hubo en México durante la segunda guerra mundial.) Los bandidos no tardarían en pedir rescate o en mutilar a Rafael para obligarlo a la mendicidad.
Aún más irresponsable, cierta hoja inmunda engañó a sus lectores con la hipótesis de que Rafael fue capturado por una secta que adora dioses prehispánicos y practica sacrificios humanos en Chapultepec. (Como usted sabe, Chapultepec fue el bosque sagrado de los aztecas.) Según los miembros de la secta, la cueva oculta en este lugar es uno de los ombligos del planeta y la entrada al inframundo. Semejante idea parece basarse en una película de Cantinflas, El signo de la muerte.
En fin, la gente halló un escape de la miseria, las tensiones de la guerra, la escasez, la carestía, los apagones preventivos contra un bombardeo aéreo que por fortuna no llegó jamás, el descontento, la corrupción, la incertidumbre... Y durante algunas semanas se apasionó por el caso. Después, todo quedó olvidado para siempre.
Cada uno piensa distinto, cada cabeza es un mundo y nadie se pone de acuerdo en nada. Era un secreto a voces que para 1946 don Maximino ambicionaba suceder a don Manuel en la presidencia. Sus adversarios aseguraban que no vacilaría en recurrir al golpe militar y al fratricidio. Por tanto, de manera inevitable se le dio un sesgo político a este embrollo: a través de un semanario de oposición, sus enemigos civiles difundieron la calumnia de que don Maximino había ordenado el asesinato de Rafael con objeto de que el niño no informara al ingeniero Andrade de las relaciones que su protector sostenía con Olga.
El que escribió esa infamia amaneció muerto cerca de Topilejo, en la carretera de Cuernavaca. Entre su ropa se halló una nota de suicida en que el periodista manifestaba su remordimiento, hacía el elogio de Ávila Camacho y se disculpaba ante los Andrade. Sin embargo la difamación encontró un terreno fértil, ya que don Maximino, personaje extraordinario, tuvo un gusto proverbial por las llamadas "aventuras''. Además, la discreción, el profesionalismo, el respeto a su dolor y a sus actuales canas me impidieron decirle antes a usted que en 1943 Olga era bellísima, tan hermosa como las estrellas de Hollywood pero sin la intervención del maquillista ni el cirujano plástico.
Tan inesperadas derivaciones tenían que encontrar un hasta aquí. Gracias a métodos que no viene al caso describir, los torerillos firmaron una confesión que aclaró las dudas y acalló la maledicencia. Según consta en actas, el 9 de agosto de 1943 los adolescentes aprovechan la soledad del Bosque a las dos de la tarde y la mala vista de Olga para montar la farsa de la cueva y el vigilante misterioso. Enterados de la fortuna del ingeniero, que hasta entonces había hecho esfuerzos por ocultarla, se proponen llevarse al niño y exigir un rescate que les permita comprar su triunfo en las plazas de toros. Luego, atemorizados al ver que pisan terrenos del implacable hermano del presidente, los torerillos enloquecen de miedo, asesinan a Rafael, lo descuartizan y echan sus restos al Canal del Desagüe.
La opinión pública mostró credulidad y no exigió que se puntualizaran algunas contradicciones. Por ejemplo, ¿qué se hizo de la caverna subterránea por la que desapareció Rafael? ¿Quién era y en dónde se ocultaba el cómplice que desempeñó el papel de guardia? ¿Por qué, de acuerdo con el relato de la madre, fue el propio niño quien tuvo la iniciativa de entrar en el pasadizo? Y sobre todo ¿a qué horas pudieron los torerillos destazar a Rafael y arrojar los despojos a las aguas negras -situadas en su punto más próximo a unos veinte kilómetros de Chapultepec- si, como antes he dicho, uno llamó a la policía y al ingeniero Andrade, el otro permaneció al lado de Olga y ambos estaban en el lugar de los hechos cuando llegaron la familia y las autoridades?
Pero al fin y al cabo todo en este mundo es misterioso. No hay ningún hecho que pueda ser aclarado satisfactoriamente. Como tapabocas se publicaron fotos de la cabeza y el torso de un muchachito, vestigios extraídos del Canal del Desagüe. Pese a la avanzada descomposición, era evidente que el cadáver correspondía a un niño de once o doce años, y no de seis como Rafael. Esto sí no es problema: en México siempre que se busca un cadáver se encuentran muchos otros en el curso de la pesquisa.
Dicen que la mejor manera de ocultar algo es ponerlo a la vista de todos. Por ello y por la excitación del caso y sus inesperadas ramificaciones, se disculpará que yo no empezara por donde procedía: es decir, por interrogar a Olga acerca del individuo que capturó a su hijo. Es imperdonable -lo reconozco- haber considerado normal que el hombre le entregara una flor y un periódico y no haber insistido en examinar estas piezas.
Tal vez un presentimiento de lo que iba a encontrar me hizo posponer hasta lo último el verdadero interrogatorio. Cuando me presenté en la casa de Tabasco 106 los torerillos, convictos y confesos tras un juicio sumario, ya habían caído bajo los disparos de la ley fuga: en Mazatlán intentaron escapar de la cuerda en que iban a las Islas Marías para cumplir una condena de treinta años por secuestro y asesinato. Y ya todos, menos los padres, aceptaban que los restos hallados en las aguas negras eran los del niño Rafael Andrade Martínez.
Encontré a Olga muy desmejorada, como si hubiera envejecido varios años en unas cuantas semanas. Aún con la esperanza de recobrar a su hijo, se dio fuerzas para contestarme. Según mis apuntes taquigráficos, la conversación fue como sigue:
-Señora Andrade, en la clínica de Mixcoac no me pareció oportuno preguntarle ciertos detalles que ahora considero indispensables. En primer lugar ¿cómo vestía el hombre que salió de la tierra para llevarse a Rafael?
-De uniforme.
-¿Uniforme militar, de policía, de guardabosques?
-No, es que, sabe usted, no veo bien sin mis lentes. Pero no me gusta ponérmelos en público. Por eso pasó todo, por eso...
-Cálmate -intervino el ingeniero Andrade cuando su esposa comenzó a llorar.
-Perdone, no me contestó usted: ¿cómo era el uniforme?
-Azul, con adornos rojos y dorados. Parecía muy desteñido.
-¿Azul marino?
-Más bien azul claro, azul pálido.
-Continuemos. Apunté en mi libreta las palabras que le dijo el hombre al darle el periódico y la flor: "Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda.'' ¿No le parecen muy extrañas?
-Sí, rarísimas. Pero no me di cuenta. Qué estúpida. No me lo perdonaré jamás.
-¿Advirtió usted en el hombre algún otro rasgo fuera de lo común?
-Me parece estar oyéndolo: hablaba muy despacio y con acento.
-¿Acento regional o como si el español no fuera su lengua?
-Exacto: como si el español no fuera su lengua.
-Entonces ¿cuál era su acento?
-Déjeme ver... quizá... como alemán.
El ingeniero y yo nos miramos. Había muy pocos alemanes en México. Eran tiempos de guerra, no se olvide, y los que no estaban concentrados en el Castillo de Perote vivían bajo sospecha. Ninguno se hubiera atrevido a meterse en un lío semejante.
-¿Y él? ¿Cómo era él?
-Alto... sin pelo... Olía muy fuerte... como a humedad.
-Señora Olga, disculpe el atrevimiento, pero si el hombre era estrafalario ¿por qué dejó usted que Rafaelito bajara con él a la cueva?
-No sé, no sé. Por tonta, porque él me lo pidió, porque siempre lo he consentido mucho. Nunca pensé que pudiera ocurrirle nada malo... Espere, hay algo más: cuando el hombre se acercó vi que estaba muy pálido... ¿Cómo decirle...? Blancuzco... Eso es: como un caracol... un caracol fuera de su concha.
-Válgame Dios. Qué cosas se te ocurren -exclamó el ingeniero Andrade. Me estremecí. Para fingirme sereno enumeré:
-Bien, con que decía frases poco usuales, hablaba con acento alemán, llevaba uniforme azul pálido, olía mal y era fofo, viscoso. ¿Gordo, de baja estatura?
-No, señor, todo lo contrario: muy alto, muy delgado... Ah, además tenía barba.
-¿Barba? Pero si ya nadie usa barba -intervino el ingeniero Andrade.
-Pues él tenía -afirmó Olga.
Me atreví a preguntarle:
-¿Una barba como la de Maximiliano de Habsburgo, partida en dos sobre el mentón?
-No, no. Recuerdo muy bien la barba de Maximiliano. En casa de mi madre hay un cuadro del emperador y la emperatriz Carlota... No, señor, él no se parecía a Maximiliano. Lo suyo eran más bien mostachos o patillas... como grises o blancas... no sé.
La cara del ingeniero reflejó mi propio gesto de espanto. De nuevo quise aparentar serenidad y dije como si no tuviera importancia:
-¿Me permite examinar la revista que le dio el hombre?
-Era un periódico, creo yo. También guardé la flor y el alfiler en mi bolsa. Rafael ¿no te acuerdas qué bolsa llevaba?
-La recogí en Mixcoac y luego la guardé en tu ropero. Estaba tan alterado que no se me ocurrió abrirla.
Señor, en mi trabajo he visto cosas que horrorizarían a cualquiera. Sin embargo nunca había sentido ni he vuelto a sentir un miedo tan terrible como el que me dio cuando el ingeniero Andrade abrió la bolsa y nos mostró una rosa negra marchita (no hay en este mundo rosas negras), un alfiler de oro puro muy desgastado y un periódico amarillento que casi se deshizo cuando lo abrimos. Era La Gaceta del Imperio, con fecha del 2 de octubre de 1866. Más tarde nos enteramos de que sólo existe otro ejemplar en la Hemeroteca.
El ingeniero Andrade, que en paz descanse, me hizo jurar que guardaría el secreto. El general Maximino Ávila Camacho me recompensó sin medida y me exigió olvidarme del asunto. Ahora, pasados tantos años, confío en usted y me atrevo a revelar -a nadie más he dicho una palabra de todo esto- el auténtico desenlace de lo que llamaron los periodistas "El misterio de Chapultepec''. (Poco después la inesperada muerte de don Maximino iba a significar un nuevo enigma, abrir el camino al gobierno civil de Miguel Alemán y terminar con la época de los militares en el poder.)
Desde entonces hasta hoy, sin fallar nunca, la señora Olga Martínez viuda de Andrade camina todas las mañanas por el Bosque de Chapultepec hablando a solas. A las dos en punto de la tarde se sienta en el tronco vencido del mismo árbol con la esperanza de que algún día la tierra se abrirá para devolverle a su hijo o para llevarla, como los caracoles, al reino de los muertos. Pase usted por allí y la encontrará con el mismo vestido que llevaba el 8 de agosto de 1943: sentada en el tronco, inmóvil, esperando, esperando.
Encontrado en La Jornada, del 20 de julio de 1977.
jueves, 25 de octubre de 2012
El Niño Lobo del Cine Mari. José María Merino
La doctora estaba en lo cierto: ningún proceso anormal se
desarrollaba dentro del pequeño cerebro, ninguna perturbación
patológica. Sin embargo, si hubiese podido leer el mensaje contenido en
los impulsos que habían determinado aquellas líneas sinuosas, se
hubiera sorprendido al encontrar un universo ten exuberante: el niño
era un pequeño corneta que tocaba a la carga en el desierto, mientras
ondeaba el estandarte del regimiento y los jinetes de Toro Sentado
preparaban también sus corceles y sus armas, hasta que el páramo
polvoriento se convertía en una selva de nutrida vegetación alrededor
de una laguna de aguas oscuras, en la que el niño estaba a punto de ser
atacado por un cocodrilo, y en ese momento resonaba entre el follaje la
larga escala de la voz de Tarzán, que acudía para salvarle saltando de
liana en liana, seguido de la fiel Chita. O la selva se transmutaba sin
transición en una playa extensa; entre la arena de la orilla reposaba
una botella de largo cuello, que había sido arrojada por las olas; el
niño encontraba la botella, la destapaba, y de su interior salía una
pequeña columnilla de humo que al punto iba creciendo y creciendo hasta
llegar a los cielos y convertirse en un terrible gigante verdoso, de
larga coleta en su cabeza afeitada y uñas en las manos y en los pies,
curvas como zarpas. Pero antes de que la amenaza del gigante se
concretase de un modo claro, la playa era un navío, un buque sobre las
olas del Pacífico, y el niño acompañaba a aquel otro muchacho. hijo del
posadero, en la singladura que les llevaba hasta la isla donde se
oculta el tesoro del viejo y feroz pirata.
Una vez más, la doctora observó perpleja las formas de aquellas
ondas. Como de costumbre, no presentaban variaciones especiales. Las
frecuencias seguían sin proclamar algún cuadro particularmente extraño.
Las ondas no ofrecían ninguna alteración insólita, pero el niño
permanecía insensible al mundo que le rodeaba, como una estatua viva y
embobada.
El niño apareció cuando derribaron el Cine Mari. Tendría unos nueve
años, e iba vestido con un traje marrón sin solapas, de pantalón corto,
y una camisa de piqué. Calzaba zapatos marrones y calcetines blancos.
La máquina echó abajo la última pared del sótano (en la que se
marcaban las huellas grotescas que habían dejado los urinarios, los
lavabos y los espejos, y por donde asomaban, como extraños hocicos o
bocas, los bordes seccionados de las tuberías) y, tras la polvoreda,
apareció el niño, de pie en medio de aquel montón de cascotes y
escombros, mirando fijamente a la máquina, que el conductor detuvo
bruscamente, mientras le increpaba, gritando:
-Pero qué haces ahí, chaval. Quítate ahora mismo.
El niño no respondía. Estaba pasmado, ausente. Hubo que apartarlo.
Mientras las máquinas proseguían su tarea destructora, le sacaron al
callejón, frente a las carteleras ya vacías cuyos cristales sucios
proclamaban una larga clausura, y le preguntaban.
Pero el niño no contestó: no les dijo cómo se llamaba, ni dónde
vivía. No les dio atisbo alguno de su identidad. Al cabo, se lo
llevaron a la comisaría. Aquel raro atildamiento de maniquí antiguo, y
el perenne mutismo, desconcertaban a los guardias. Aldía siguiente, las
dos emisoras daban la curiosa noticia, y en el periódico, por la
mañana, salió una fotografía del niño, con su rictus serio y aquellos
ojos fijos y ausentes.
La doctora puso en marcha el aparato y comenzó a oírse otra vez el
cuento. En el niño hubo un breve respingo, y sus ojos bizquearon
levemente, como agudizando una supuesta atención cuyo origen tampoco
podía ser comprobado. Tanto los sonidos reproducidos a través de algún
instrumento como las imágenes proyectadas de modo artificial, le hacían
reaccionar del mismo modo, y producían unas ondas como de emoción o
súbito interés. La doctora suspiró y le palmeó las pequeñas manos,
dobladas sobre el regazo.
-Pero di algo.
El niño, una vez más, permanecía silencioso y absorto.
Al parecer, su nombre era Pedro. Al poco tiempo de haberse publicado
la foto en el periódico, una señora llorosa se presentaba en la
redacción con la increíble nueva de que el niño era hijo suyo, un hijo
desaparecido hace treinta años. La señora era viuda de un fiscal
notorio por su dureza. Le acompañaban una hija cuarentona. Extendió
sobre la mesa del director una serie de fotos de primera comunión en
que era evidente el parecido. Acabaron por entregarle el niño a la
señora, al menos mientras el casose aclaraba definitivamente.
El hecho de que un niño desaparecido treinta años antes (en un suceso
misterioso que había conmovido a la ciudad y en el que se había aludido
a causas de venganzas oscuras) apareciese de aquel modo, como si sólo
hubiesen transcurrido unas horas, era tan extraño, tan fuera del normal
acontecer, que a partir del momento en que se le atribuyó aquella
identidad, ni la prensa ni la radio volvieron a hacerse eco de la
noticia, como si el voluntario silencio pudiese limitar de algún modo
lo monstruoso del caso.
Sin embargo, el asunto era objeto de toda clase de hipótesis,
comentarios y conclusiones en mercados y peluquerías, oficinas y
tertulias y, por supuesto, en cada uno de los hogares. Hasta tal punto
el tema parecía extraño, que los amigos de la familia dudaban si lo más
adecuado sería darle a la madre la enhorabuena o el pésame.
Al aparecido le llamaron "el niño lobo" desde que ingresó en la
Residencia, aunque la doctora señalaba lo impropio de la denominación,
ya que el niño no manifestaba ningún comportamiento por el que pudiese
ser asimilado a aquel tipo de fenómenos, sino sólo una especie de
catatonía, de rara estupefacción. Sin embargo, las extrañas
circunstancias de su aparición, aquella presencia alucinada, sugerían
realmente que el niño hubiese sido recuperado fortuitamente de algún
remoto entorno, virgen de presenciahumana.
Puso música y el niño tuvo otro pequeño sobresalto. Era un niño muy
guapo. Ahora la miraba como si quisiera decirle algo, pero ella sabía
que era inútil animarle. Aquella supuesta intención era sólo una
figuración suya. El desconocido pensamiento del niño estaba muy lejos.
Era una verdadera pena.
-No te voy a llevar al cine -dijo la doctora.
Primero, le reconocieron en la Residencia. Luego, la familia le había
trasladado a Madrid, buscando esa mayor ciencia que siempre en
provincias se atribuye a la capital. Pero no hubo mejores resultados.
Cuando volvió, el niño mantenía la misma presencia atónita y, aunque
las hermanas hablaban de llevarle a California (donde al parecer las
cosas del cerebro estaban muy estudiadas), la madre se había
acostumbrado ya a la presencia inerte de aquel muñeco de carne y hueso,
y posponía la decisión de separarse de él.
De vuelta a la ciudad, el niño seguía subiendo a la Residencia, donde
la doctora le miraba todas las semanas. La doctora era bastante joven,
y se estaba tomando el caso con mucho interés. Además de las
connotaciones médicas y científicas del asunto, lefascinaba la
impasibilidad de aquel ser mudo, cuyos ojos parecían mostrar, junto a
un gran olvido, un desolado desconcierto.
La evidente influencia que producía en el cerebro del niño cualquier
imagen o sonido proyectado a través de medios artificiales, le había
sugerido la idea de llevarle al cine. La doctora era poco aficionada al
cine, sobre todo por una falta de costumbre que provenía de su origen
rural, de un internado severo de monjas y de una carrera realizada con
bastantes esfuerzos y poco tiempo de ocio. Sus descansos vespertinos
solía emplearlos en la lectura de temas vinculados a su profesión, y
sólo de modo ocasional (y más como ejercitando un obligado rito
colectivo, donde lo menos significativo era el espectáculo en sí)
asistía a la proyección de alguna película que la publicidad o los
compañeros proclamaban como verdaderamente importante.
La idea le surgió al ver las largas colas llenas de niños que
rodeaban al Emperador. Al parecer, se trataba de una de esas películas
de enorme éxito en todas partes, que se pregonan como muy apropiadas al
público infantil, con batallas espaciales y mundos imaginarios.
La doctora se proponía observar cuidadosamente al niño a lo largo de
toda la sesión, escrutando el pulso, la respiración y otras
manifestaciones físicas del posible impacto que la visión de la
película pudiese tener en aquel ánimo misteriosamente ajeno.
Le observó durante los primeros minutos de proyección. El niño se
había acurrucado en la butaca y observaba la pantalla con una avidez de
apariencia inteligente. Mientras tanto, la historia comenzaba a
desarrollarse. Una espectacular nave aérea perseguía a otra navecilla
por un espacio infinito, fulgurante de estrellas, muy bien simulado. La
nave perseguidora hace funcionar su artillería. La pequeña nave es
alcanzada por los disparos de raro zumbido, y atrapada al fin por medio
de poderosos mecanismos. El vencedor llega para conocer su presa. Es
una estampa atroz: una figura alta, oscura, con un gran casco negro
parecido al del ejército, cuyo rostro está recubierto por una mezcla
imprecisa de animales y objetos: ratas, mandriles, cerdos, caretas
antigás.
Entonces, el niño extendió su mano y sujetó con fuerza la de la
doctora. Ella sintió la sorpresa de aquel gesto con un impacto más que
físico. Exclamó el nombre del niño. Le observó de cerca, al reflejo de
las grandes imágenes multicolores. En los ojosinfantiles persistía
aquella mirada inteligente, absorta en la percepción óptica, y la
doctora sintió una alegría esperanzada.
La princesa ha sido capturada, aunque ha conseguido lanzar un mensaje
que sus perseguidores no advirtieron. Mientras tanto, sus robots llegan
a un desierto reverberante, cuya larga, soledad sólo presiden los
restos de gigantescos esqueletos. El cielo está inundado de un extraño
color, en un crepúsculo de varios soles simultáneos.
Sin darse cuenta, la atención de la doctora se distrajo en aquella
insólita aventura y no percibió que el niño había soltado su mano. El
niño había soltado su mano, y atravesaba la oscuridad multicolor,
ascendía por la rampa de la nave, conseguía introducirse en ella como
disimulado polizón.
La nave corría rápidamente el espacio oscuro, lleno de estrellas, que
la rodeaba como un cobijo. Los héroes vigilaban el fondo del cielo para
prevenir la aparición del enemigo.
Al fin, la doctora se dio cuenta de que el pequeño había soltado su
mano y volvió la cabeza a la butaca inmediata. Pero el niño ya no
estaba y, del mismo modo que había sucedido en aquella lejana
desaparicón primera, la búsqueda fue completamente infructuosa.
Cuentos del Reino Secreto.
desarrollaba dentro del pequeño cerebro, ninguna perturbación
patológica. Sin embargo, si hubiese podido leer el mensaje contenido en
los impulsos que habían determinado aquellas líneas sinuosas, se
hubiera sorprendido al encontrar un universo ten exuberante: el niño
era un pequeño corneta que tocaba a la carga en el desierto, mientras
ondeaba el estandarte del regimiento y los jinetes de Toro Sentado
preparaban también sus corceles y sus armas, hasta que el páramo
polvoriento se convertía en una selva de nutrida vegetación alrededor
de una laguna de aguas oscuras, en la que el niño estaba a punto de ser
atacado por un cocodrilo, y en ese momento resonaba entre el follaje la
larga escala de la voz de Tarzán, que acudía para salvarle saltando de
liana en liana, seguido de la fiel Chita. O la selva se transmutaba sin
transición en una playa extensa; entre la arena de la orilla reposaba
una botella de largo cuello, que había sido arrojada por las olas; el
niño encontraba la botella, la destapaba, y de su interior salía una
pequeña columnilla de humo que al punto iba creciendo y creciendo hasta
llegar a los cielos y convertirse en un terrible gigante verdoso, de
larga coleta en su cabeza afeitada y uñas en las manos y en los pies,
curvas como zarpas. Pero antes de que la amenaza del gigante se
concretase de un modo claro, la playa era un navío, un buque sobre las
olas del Pacífico, y el niño acompañaba a aquel otro muchacho. hijo del
posadero, en la singladura que les llevaba hasta la isla donde se
oculta el tesoro del viejo y feroz pirata.
Una vez más, la doctora observó perpleja las formas de aquellas
ondas. Como de costumbre, no presentaban variaciones especiales. Las
frecuencias seguían sin proclamar algún cuadro particularmente extraño.
Las ondas no ofrecían ninguna alteración insólita, pero el niño
permanecía insensible al mundo que le rodeaba, como una estatua viva y
embobada.
El niño apareció cuando derribaron el Cine Mari. Tendría unos nueve
años, e iba vestido con un traje marrón sin solapas, de pantalón corto,
y una camisa de piqué. Calzaba zapatos marrones y calcetines blancos.
La máquina echó abajo la última pared del sótano (en la que se
marcaban las huellas grotescas que habían dejado los urinarios, los
lavabos y los espejos, y por donde asomaban, como extraños hocicos o
bocas, los bordes seccionados de las tuberías) y, tras la polvoreda,
apareció el niño, de pie en medio de aquel montón de cascotes y
escombros, mirando fijamente a la máquina, que el conductor detuvo
bruscamente, mientras le increpaba, gritando:
-Pero qué haces ahí, chaval. Quítate ahora mismo.
El niño no respondía. Estaba pasmado, ausente. Hubo que apartarlo.
Mientras las máquinas proseguían su tarea destructora, le sacaron al
callejón, frente a las carteleras ya vacías cuyos cristales sucios
proclamaban una larga clausura, y le preguntaban.
Pero el niño no contestó: no les dijo cómo se llamaba, ni dónde
vivía. No les dio atisbo alguno de su identidad. Al cabo, se lo
llevaron a la comisaría. Aquel raro atildamiento de maniquí antiguo, y
el perenne mutismo, desconcertaban a los guardias. Aldía siguiente, las
dos emisoras daban la curiosa noticia, y en el periódico, por la
mañana, salió una fotografía del niño, con su rictus serio y aquellos
ojos fijos y ausentes.
La doctora puso en marcha el aparato y comenzó a oírse otra vez el
cuento. En el niño hubo un breve respingo, y sus ojos bizquearon
levemente, como agudizando una supuesta atención cuyo origen tampoco
podía ser comprobado. Tanto los sonidos reproducidos a través de algún
instrumento como las imágenes proyectadas de modo artificial, le hacían
reaccionar del mismo modo, y producían unas ondas como de emoción o
súbito interés. La doctora suspiró y le palmeó las pequeñas manos,
dobladas sobre el regazo.
-Pero di algo.
El niño, una vez más, permanecía silencioso y absorto.
Al parecer, su nombre era Pedro. Al poco tiempo de haberse publicado
la foto en el periódico, una señora llorosa se presentaba en la
redacción con la increíble nueva de que el niño era hijo suyo, un hijo
desaparecido hace treinta años. La señora era viuda de un fiscal
notorio por su dureza. Le acompañaban una hija cuarentona. Extendió
sobre la mesa del director una serie de fotos de primera comunión en
que era evidente el parecido. Acabaron por entregarle el niño a la
señora, al menos mientras el casose aclaraba definitivamente.
El hecho de que un niño desaparecido treinta años antes (en un suceso
misterioso que había conmovido a la ciudad y en el que se había aludido
a causas de venganzas oscuras) apareciese de aquel modo, como si sólo
hubiesen transcurrido unas horas, era tan extraño, tan fuera del normal
acontecer, que a partir del momento en que se le atribuyó aquella
identidad, ni la prensa ni la radio volvieron a hacerse eco de la
noticia, como si el voluntario silencio pudiese limitar de algún modo
lo monstruoso del caso.
Sin embargo, el asunto era objeto de toda clase de hipótesis,
comentarios y conclusiones en mercados y peluquerías, oficinas y
tertulias y, por supuesto, en cada uno de los hogares. Hasta tal punto
el tema parecía extraño, que los amigos de la familia dudaban si lo más
adecuado sería darle a la madre la enhorabuena o el pésame.
Al aparecido le llamaron "el niño lobo" desde que ingresó en la
Residencia, aunque la doctora señalaba lo impropio de la denominación,
ya que el niño no manifestaba ningún comportamiento por el que pudiese
ser asimilado a aquel tipo de fenómenos, sino sólo una especie de
catatonía, de rara estupefacción. Sin embargo, las extrañas
circunstancias de su aparición, aquella presencia alucinada, sugerían
realmente que el niño hubiese sido recuperado fortuitamente de algún
remoto entorno, virgen de presenciahumana.
Puso música y el niño tuvo otro pequeño sobresalto. Era un niño muy
guapo. Ahora la miraba como si quisiera decirle algo, pero ella sabía
que era inútil animarle. Aquella supuesta intención era sólo una
figuración suya. El desconocido pensamiento del niño estaba muy lejos.
Era una verdadera pena.
-No te voy a llevar al cine -dijo la doctora.
Primero, le reconocieron en la Residencia. Luego, la familia le había
trasladado a Madrid, buscando esa mayor ciencia que siempre en
provincias se atribuye a la capital. Pero no hubo mejores resultados.
Cuando volvió, el niño mantenía la misma presencia atónita y, aunque
las hermanas hablaban de llevarle a California (donde al parecer las
cosas del cerebro estaban muy estudiadas), la madre se había
acostumbrado ya a la presencia inerte de aquel muñeco de carne y hueso,
y posponía la decisión de separarse de él.
De vuelta a la ciudad, el niño seguía subiendo a la Residencia, donde
la doctora le miraba todas las semanas. La doctora era bastante joven,
y se estaba tomando el caso con mucho interés. Además de las
connotaciones médicas y científicas del asunto, lefascinaba la
impasibilidad de aquel ser mudo, cuyos ojos parecían mostrar, junto a
un gran olvido, un desolado desconcierto.
La evidente influencia que producía en el cerebro del niño cualquier
imagen o sonido proyectado a través de medios artificiales, le había
sugerido la idea de llevarle al cine. La doctora era poco aficionada al
cine, sobre todo por una falta de costumbre que provenía de su origen
rural, de un internado severo de monjas y de una carrera realizada con
bastantes esfuerzos y poco tiempo de ocio. Sus descansos vespertinos
solía emplearlos en la lectura de temas vinculados a su profesión, y
sólo de modo ocasional (y más como ejercitando un obligado rito
colectivo, donde lo menos significativo era el espectáculo en sí)
asistía a la proyección de alguna película que la publicidad o los
compañeros proclamaban como verdaderamente importante.
La idea le surgió al ver las largas colas llenas de niños que
rodeaban al Emperador. Al parecer, se trataba de una de esas películas
de enorme éxito en todas partes, que se pregonan como muy apropiadas al
público infantil, con batallas espaciales y mundos imaginarios.
La doctora se proponía observar cuidadosamente al niño a lo largo de
toda la sesión, escrutando el pulso, la respiración y otras
manifestaciones físicas del posible impacto que la visión de la
película pudiese tener en aquel ánimo misteriosamente ajeno.
Le observó durante los primeros minutos de proyección. El niño se
había acurrucado en la butaca y observaba la pantalla con una avidez de
apariencia inteligente. Mientras tanto, la historia comenzaba a
desarrollarse. Una espectacular nave aérea perseguía a otra navecilla
por un espacio infinito, fulgurante de estrellas, muy bien simulado. La
nave perseguidora hace funcionar su artillería. La pequeña nave es
alcanzada por los disparos de raro zumbido, y atrapada al fin por medio
de poderosos mecanismos. El vencedor llega para conocer su presa. Es
una estampa atroz: una figura alta, oscura, con un gran casco negro
parecido al del ejército, cuyo rostro está recubierto por una mezcla
imprecisa de animales y objetos: ratas, mandriles, cerdos, caretas
antigás.
Entonces, el niño extendió su mano y sujetó con fuerza la de la
doctora. Ella sintió la sorpresa de aquel gesto con un impacto más que
físico. Exclamó el nombre del niño. Le observó de cerca, al reflejo de
las grandes imágenes multicolores. En los ojosinfantiles persistía
aquella mirada inteligente, absorta en la percepción óptica, y la
doctora sintió una alegría esperanzada.
La princesa ha sido capturada, aunque ha conseguido lanzar un mensaje
que sus perseguidores no advirtieron. Mientras tanto, sus robots llegan
a un desierto reverberante, cuya larga, soledad sólo presiden los
restos de gigantescos esqueletos. El cielo está inundado de un extraño
color, en un crepúsculo de varios soles simultáneos.
Sin darse cuenta, la atención de la doctora se distrajo en aquella
insólita aventura y no percibió que el niño había soltado su mano. El
niño había soltado su mano, y atravesaba la oscuridad multicolor,
ascendía por la rampa de la nave, conseguía introducirse en ella como
disimulado polizón.
La nave corría rápidamente el espacio oscuro, lleno de estrellas, que
la rodeaba como un cobijo. Los héroes vigilaban el fondo del cielo para
prevenir la aparición del enemigo.
Al fin, la doctora se dio cuenta de que el pequeño había soltado su
mano y volvió la cabeza a la butaca inmediata. Pero el niño ya no
estaba y, del mismo modo que había sucedido en aquella lejana
desaparicón primera, la búsqueda fue completamente infructuosa.
Cuentos del Reino Secreto.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Tres Hombres que Caminan
Hoy es cumpleaños de mi amigo, y por algún extraño capricho de esos que me surgen siempre, a veces tan extraños y a veces tan simples he decidido este año no felicitar a nadie por su natalicio (dice Benedetti felicitarte por tu cumpleaños seria tan injusto con tus cumple días y añado yo, sería también tan injusto con tus cumple horas) pero la necesidad de expresar mi admiración, cariño y respeto hacia mis amigos (varones, de mis amigas hablare posteriormente) que son cuatro y no son uno, me lleva a hablar de tres por petición de fuerzas superiores y por consejo de sabias voluntades:
Dos hombres caminando
en faena ardua e impaciente
de llegar a algún lugar
conocieronse hablando
a su vez con un extraño
que gustaba de cantar,
presentaronse con nombres
algo raros e importantes
de dos tipos que hace años
eran del mundo gobernantes,
el tercero había creído
que el camino aburrido
era mejor compartir,
la distancia entre los pasos
dependiendo de la charla
se hacían cortos
o se hacían largos
unas veces bajo lluvia
y otras veces bajo sol
cada uno
su propia historia contó,
a sabiendas de sus fuerzas
cada uno hacia de guía
según él mismo conocía
las rocas de su tierra,
nadie nunca preguntaba
hacia donde el otro dirigía
con nostalgia la mirada
porque ya todos sabían,
pero entonces con los años
olividaronse los nombres
y por vergüenza a preguntar
dejaron de llamarse
según su fe
e inventaron un apodo
¿apropiado?… muy poco
pero fácil de recordar
y dirigiéndose uno al otro
se decían:
Amigo que bueno es caminar contigo.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
La Canción del Samurai. Robert Pinsky
Cuando no tuve techo hice
De la audacia mi techo. Cuando no tuve
cena mis ojos cenaron.
Cuando no tuve ojos oí.
Cuando no tuve oídos pensé.
Cuando no tuve pensamientos esperé.
Cuando no tuve un padre hice
del cuidado mi padre. Cuando
no tuve una madre abracé el orden.
Cuando no tuve amigo hice
del silencio mi amigo. Cuando no tuve
enemigo opuse mi cuerpo.
Cuando no tuve templo hice
de mi voz mi templo. No tengo
sacerdote, mi lengua es mi coro.
Cuando no tengo medios, la fortuna:
mis medios. Cuando no tenga
nada, la muerte: mi fortuna.
La necesidad es mi táctica, el desapego
es mi estrategia. Cuando no tuve
amante, cortejé a mi sueño.
De la audacia mi techo. Cuando no tuve
cena mis ojos cenaron.
Cuando no tuve ojos oí.
Cuando no tuve oídos pensé.
Cuando no tuve pensamientos esperé.
Cuando no tuve un padre hice
del cuidado mi padre. Cuando
no tuve una madre abracé el orden.
Cuando no tuve amigo hice
del silencio mi amigo. Cuando no tuve
enemigo opuse mi cuerpo.
Cuando no tuve templo hice
de mi voz mi templo. No tengo
sacerdote, mi lengua es mi coro.
Cuando no tengo medios, la fortuna:
mis medios. Cuando no tenga
nada, la muerte: mi fortuna.
La necesidad es mi táctica, el desapego
es mi estrategia. Cuando no tuve
amante, cortejé a mi sueño.
sábado, 15 de septiembre de 2012
jueves, 13 de septiembre de 2012
Alyssa Monks
La pintora estadounidense Alyssa Monks, con solo 35 años, es considerada una de las artistas más realistas de la plástica contemporánea por su perfección a la hora de plasmar la piel bajo efectos del vapor, el agua y el vidrio. La graduada en Artes de varias universidades de Nueva York y con estudios en Florencia, Italia, maneja de tal forma el óleo que la mayoría de sus obras parecen fotografías tomadas al interior de una ducha vaporosa y otras simplemente vivos retratos. Ha expuesto en Alemania, Grecia, Australia, St. Barths y en las ciudades más importantes de Estados Unidos. No en vano, ha sido profesora de Pintura de la piel en el New York Academy of Art, así como en la universidad de Montclair State y en la Academia de Finas Artes Lyme.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Soneto del Hombre Sorprendido
Que exquisita sangre
envuelve tu vida
Que maravilla tenerte entre nosotros
Que perfecto estandarte de rostros
Que angustia el no saber
tu guarida
La mar y el cielo parecen despojos
De tus ojos las miradas liquidan
A las artes de viejos
maestros
A los versos que a ti se dedican
Quien pudiera saber a su antojo
las palabras que evitan la muerte
De tu tallado marmoleo embrujo
Do procede tu alma, tu suerte
De las altas riquezas que esconden
Tus labios, tus manos, tu vientre
lunes, 3 de septiembre de 2012
Espero Curarme de ti. Jaime Sabines
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que
te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame
agua", "¿sabes manejar?,"se hizo de noche"... Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he
dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te
quiero".)
Una semana más para reunir todo el amor del
tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú
quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No
sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para
entender las cosas. Porque esto es muy parecido a
estar saliendo de un manicomio para entrar a un
panteón.
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que
te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame
agua", "¿sabes manejar?,"se hizo de noche"... Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he
dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te
quiero".)
Una semana más para reunir todo el amor del
tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú
quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No
sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para
entender las cosas. Porque esto es muy parecido a
estar saliendo de un manicomio para entrar a un
panteón.
Ella y el Tiempo/Hombre que mira a una muchacha. Benedetti
“Por favor” la voz de suplica
sonó al instante patética; no fue esa frase de convicción de cuando se ordena
amablemente y a la cual estoy acostumbrado, como cuando digo: Llámame mañana
por la tarde ó Dame
agua*
Si, debo aceptarlo, me derrumbe,
terriblemente, estrepitosamente, entré en pánico, por breves instantes sentí
que lo perdía todo aún cuando nunca lo he tenido y es que un rechazo más habría
de cimbrar lo que hasta ahora considero como la realidad misma: que un hombre
puede conseguir cualquier cosa que se proponga siempre y cuando lo intente con
todas las fuerzas de su espíritu, considerando al espíritu como la
sincronización perfecta de corazón y
razón, es decir de amor y sabiduría.
La frase completa causó
indignación tanto a mi como a mi fiel escudero que atento escuchaba la
conversación: “Por favor (que pronuncie con un tono tembloroso y suplicante) seria
bueno que saliéramos” al instante los demonios de la vergüenza y el
arrepentimiento pusieron su casa en mi existencia, ¡Cómo es que yo había pronunciado tal sentencia! ¡Yo, otrora
verdugo y ahora condenado! Ella noto mi caída, su voz cambió, con un aire indulgente me permitió mitigar mi
sed de aspiración con un par de gotas de esperanza al decirme que esperara su
respuesta mañana.
¡AH MAÑANA! nuevamente El Tiempo, la sucesión de hechos, la sustancia de la vida...y tal vez la vida misma, de verdad me gustaría que no fueras tan importante (y debo hacer notar que aquí cambia y combina la forma de la narración) y repito ¡Como me gustaría que no fueras para mi tan importante! Y es que tu imagen me domina de forma tan brutal que es imposible escapar de ti.
¡AH MAÑANA! nuevamente El Tiempo, la sucesión de hechos, la sustancia de la vida...y tal vez la vida misma, de verdad me gustaría que no fueras tan importante (y debo hacer notar que aquí cambia y combina la forma de la narración) y repito ¡Como me gustaría que no fueras para mi tan importante! Y es que tu imagen me domina de forma tan brutal que es imposible escapar de ti.
Alguien pregunta: ¿De quien
reniegas de Ella o del Tiempo?
Y yo respondo: ¿Y es que acaso no
son los dos la misma cosa?
HOMBRE QUE MIRA A UNA MUCHACHA. M. BENEDETTI
Para que nunca haya mal
entendidos
Para que nada se interponga
Voy a explicarte lo que mi amor
convoca
Tus ojos que se caen de
desconcierto
Y otras veces se alzan
penetrantes y tibios
Tienen tanta importancia que yo
mismo me asombro
Tus lindas manos mágicas
Que te expresan a veces mejor que
las palabras
Tan importantes son que no oso
tocarlas
Y si un día las toco es solamente
para retransmitirte ciertas claves
Tu cuerpo pendular que duda en
recibirse o entregarse
Y es tan joven que enseña a pesar
tuyo
Es un dato del cual me faltan
datos
Y sin embargo ayudo a conocerlo
Tus labios puestos en el
entusiasmo
Que dibuja palabras y promete
promesas
Son en tu imagen para mi los
héroes
Y son también el ángel enemigo
En mi amor estas toda o casi toda
Me faltan cifras pero las calculo
Me faltan indicios pero los
descubro
Sin embargo en mi amor hay otras
cosas
por ejemplo los sueños con que
muevo la tierra
La pobre lucha que libre y
libramos
Los buenos odios esos que
ennoblecen
El dialogo constante con mi gente
La pregunta punzante que me
hicieron
Las respuestas veraces que no di
En mi amor hay también corajes
varios
Y un miedo que a menudo los
resume
Hay hombres como yo que miran
tras las rejas
A una muchacha que podría ser vos
En mi amor hay faena y hay
descanso
Sencillas recompensas y complejos
castigos
Hay dos o tres mujeres que forman
tu prehistoria
Y hay muchos años demasiados años
De inventar alegrías y creerlas
después a pie juntillas
Querría que en mi amor vieras
todo eso
Y que vos muchachita con
paciencia y cautela
Sin herirme ni herirte
Rescataras de ahí la luna, el río
Los emblemas rituales,
Los proyectos de besos o de
adioses
| * Espero Curarme de ti. Jaime Sabines (Dame Agua) | |
viernes, 31 de agosto de 2012
Canción del Forastero. Armando Tejeda Gómez
De que me sirve a mi la primavera
esta ciudad con plazas y alamedas
si en acontecer del día que se va
en toda esta ciudad nadie me espera
De que me sirve a mi tanto paisaje
el cielo cruel y azul la luna llena
Si en el anochecer de oscura inmensidad
en toda esta ciudad
no hay quien me quiera
Los ojos sin amor son ojos muertos
miran pero no ven la piel del día
la fiesta de color del pájaro y la flor
el rostro natural de la alegría
de que puede servir mirarnos si amar
los ojos sin amor no ven la vida
El solo marcha solo hacia la muerte
es como un forastero de los días
dirá que estuvo allí y no supo entender
los que se amaban sonreían
Un hombre una mujer por separado
son la mitad del ser
dos soledades
de que pueden servir si no pueden unir
en el río de un niño las dos sangres.
esta ciudad con plazas y alamedas
si en acontecer del día que se va
en toda esta ciudad nadie me espera
De que me sirve a mi tanto paisaje
el cielo cruel y azul la luna llena
Si en el anochecer de oscura inmensidad
en toda esta ciudad
no hay quien me quiera
Los ojos sin amor son ojos muertos
miran pero no ven la piel del día
la fiesta de color del pájaro y la flor
el rostro natural de la alegría
de que puede servir mirarnos si amar
los ojos sin amor no ven la vida
El solo marcha solo hacia la muerte
es como un forastero de los días
dirá que estuvo allí y no supo entender
los que se amaban sonreían
Un hombre una mujer por separado
son la mitad del ser
dos soledades
de que pueden servir si no pueden unir
en el río de un niño las dos sangres.
Soneto XLV. Pablo Neruda
No estés lejos de mí un solo día, porque cómo,
porque, no sé decirlo, es largo el día,
y te estaré esperando como en las estaciones
cuando en alguna parte se durmieron los trenes.
No te vayas por una hora porque entonces
en esa hora se juntan las gotas del desvelo
y tal vez todo el humo que anda buscando casa
venga a matar aún mi corazón perdido.
Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,
ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:
no te vayas por un minuto, bienamada,
porque en ese minuto te habrás ido tan lejos
que yo cruzaré toda la tierra preguntando
si volverás o si me dejarás muriendo.
porque, no sé decirlo, es largo el día,
y te estaré esperando como en las estaciones
cuando en alguna parte se durmieron los trenes.
No te vayas por una hora porque entonces
en esa hora se juntan las gotas del desvelo
y tal vez todo el humo que anda buscando casa
venga a matar aún mi corazón perdido.
Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,
ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:
no te vayas por un minuto, bienamada,
porque en ese minuto te habrás ido tan lejos
que yo cruzaré toda la tierra preguntando
si volverás o si me dejarás muriendo.
miércoles, 29 de agosto de 2012
Androcles y el León. Esopo
Mi Madre me acaba de contar que en la secundaria estaba en el club de Poesía, que escribía y leía ávidamente, un dìa su profesor Roberto Vélez de la Torre les pidio realizar una lectura de su elección, la jornada siguiente al preguntar a los alumnos por algún voluntario para narrar la historia leida, mi Madre se levanto y contó el siguiente cuento:
Entre las leyendas de la Roma Antigua, se
encuentra la historia conmovedora de Androcles y el
León. Sea que era una realidad o no, nos enseña que
amor con amor se paga y bondad con bondad se apremia. Según la historia, Androcles
era un esclavo romano que había sido vendido y llevado al África donde llevaba una vida
de pesado y doloroso trabajo bajo la mano de un cruel y malagradecido amo.
Después de haber sufrido mucho, Androcles dispuso hacer el intento de huir,
pensando en llegar a la costa y de allí encontrar como conducirse de nuevo a Roma.
Sabía bien si lo descubriesen le sería dada una condena de muerte porque esa era la suerte
que le esperaba a cualquier esclavo que intentaba huir. Dispuso hacer su fuga una noche
oscura, cuando no había luz de luna.
Silenciosamente salió de la casa de su amo, y durante toda la noche corrió por el
camino que creía ser el camino que conducía a la costa. ¡Cuál era su decepción que al
amanecer el nuevo día se dio cuenta que equivocadamente había agarrado el camino hacia
el desierto. Cansado, hambriento y con sueño, dispuso refugiarse en una cueva al pie de
un barranco.
Luego se durmió pero al rato fue despertado por un fuerte y temido rugido de una
fiera. Abriendo sus ojos, se dio cuenta que en la entrada de la cueva estaba un gran león.
La cueva era la guarida del feroz animal. Se puso de pie y buscó por donde escapar pero
el león tapaba la única salida. Toda esperanza de escapar se echó a perder. Esperaba ser
destrozado por el león.
encuentra la historia conmovedora de Androcles y el
León. Sea que era una realidad o no, nos enseña que
amor con amor se paga y bondad con bondad se apremia. Según la historia, Androcles
era un esclavo romano que había sido vendido y llevado al África donde llevaba una vida
de pesado y doloroso trabajo bajo la mano de un cruel y malagradecido amo.
Después de haber sufrido mucho, Androcles dispuso hacer el intento de huir,
pensando en llegar a la costa y de allí encontrar como conducirse de nuevo a Roma.
Sabía bien si lo descubriesen le sería dada una condena de muerte porque esa era la suerte
que le esperaba a cualquier esclavo que intentaba huir. Dispuso hacer su fuga una noche
oscura, cuando no había luz de luna.
Silenciosamente salió de la casa de su amo, y durante toda la noche corrió por el
camino que creía ser el camino que conducía a la costa. ¡Cuál era su decepción que al
amanecer el nuevo día se dio cuenta que equivocadamente había agarrado el camino hacia
el desierto. Cansado, hambriento y con sueño, dispuso refugiarse en una cueva al pie de
un barranco.
Luego se durmió pero al rato fue despertado por un fuerte y temido rugido de una
fiera. Abriendo sus ojos, se dio cuenta que en la entrada de la cueva estaba un gran león.
La cueva era la guarida del feroz animal. Se puso de pie y buscó por donde escapar pero
el león tapaba la única salida. Toda esperanza de escapar se echó a perder. Esperaba ser
destrozado por el león.
Sin embargo el animal se quedó inmóvil. Gemía y lloraba y lamía una de sus patas
que sangraba. Fijándose en que el león estaba en gran dolor, Androcles se olvidó de su
peligro y se acercó a la fiera que levantaba su pata como pidiendo socorro. El esclavo se
dio cuenta de que una gran espina se había clavado en la pata. Tomándola en su mano,
con jalón fuerte, sacó la espina y en seguida hizo lo necesario par detener la hemorragia.
Aliviado del dolor, el felino agradecido salió de la cueva cojeando y al rato regresó
trayendo en su boca una liebre que dejó caer a los pies de Androcles. Después que el
pobre esclavo había cocido y comido la carne, el león le condujo a una vertiente de agua.
Durante tres años el hombre y el león vivían juntos en la cueva.
Juntos salían a la cacería; junto comían, dormían y descansaban.
El león, como un gato contento, recostaba su gran cabeza
sobre las rodillas de su compañero humano.
que sangraba. Fijándose en que el león estaba en gran dolor, Androcles se olvidó de su
peligro y se acercó a la fiera que levantaba su pata como pidiendo socorro. El esclavo se
dio cuenta de que una gran espina se había clavado en la pata. Tomándola en su mano,
con jalón fuerte, sacó la espina y en seguida hizo lo necesario par detener la hemorragia.
Aliviado del dolor, el felino agradecido salió de la cueva cojeando y al rato regresó
trayendo en su boca una liebre que dejó caer a los pies de Androcles. Después que el
pobre esclavo había cocido y comido la carne, el león le condujo a una vertiente de agua.
Durante tres años el hombre y el león vivían juntos en la cueva.
Juntos salían a la cacería; junto comían, dormían y descansaban.
El león, como un gato contento, recostaba su gran cabeza
sobre las rodillas de su compañero humano.
Meneaba su gran cola como queriendo decir: Estoy muy contento y muy feliz.
Al paso de muchos días Androcles sintió nostalgia y dispuso regresar a la
sociedad. Abandonó la cueva pero muy luego cayó en manos de unos soldados quienes
le mandaron a Roma como esclavo fugitivo. Fue condenado a pelear con las fieras
salvajes en el circo romano el próximo día festivo. Una gran multitud de espectadores
estaba presente para alegrarse con el emocionante espectáculo. Inclusive estaba presente
el emperador romano con los senadores de Roma.
Androcles fue echado en el circo con una lanza en la mano, la única defensa que
tenía contra la fiera enfurecida por el hambre y la sed de días de estar encerrado sin
comida y agua. El pobre esclavo temblaba al oír el rugido temible del león y al verle salir
de su jaula. La fiera pegó unos saltos y se acercó al indefenso hombre. Pero en vez de
caer comenzó a lamer la mano de Androcles. El hombre de dio cuenta de que era el
mismo león con quien había vivido en la cueva. Le hizo caricias, recostó su cabeza sobre
la suya y lloraba.
La concurrencia se quedó admirada y el emperador lo mandó a llamar y le pidió
a Androcles que explicara lo que había sucedido. La historia le encantó al emperador de
tal modo que le concedió a Androcles su libertad y le obsequió una gran suma de dinero.
De allí en adelante Androcles era liberto y andaba en las calles de Roma acompañado de
su león que como gran perro cariñoso y agradecido acompañaba a su querido dueño.
Al paso de muchos días Androcles sintió nostalgia y dispuso regresar a la
sociedad. Abandonó la cueva pero muy luego cayó en manos de unos soldados quienes
le mandaron a Roma como esclavo fugitivo. Fue condenado a pelear con las fieras
salvajes en el circo romano el próximo día festivo. Una gran multitud de espectadores
estaba presente para alegrarse con el emocionante espectáculo. Inclusive estaba presente
el emperador romano con los senadores de Roma.
Androcles fue echado en el circo con una lanza en la mano, la única defensa que
tenía contra la fiera enfurecida por el hambre y la sed de días de estar encerrado sin
comida y agua. El pobre esclavo temblaba al oír el rugido temible del león y al verle salir
de su jaula. La fiera pegó unos saltos y se acercó al indefenso hombre. Pero en vez de
caer comenzó a lamer la mano de Androcles. El hombre de dio cuenta de que era el
mismo león con quien había vivido en la cueva. Le hizo caricias, recostó su cabeza sobre
la suya y lloraba.
La concurrencia se quedó admirada y el emperador lo mandó a llamar y le pidió
a Androcles que explicara lo que había sucedido. La historia le encantó al emperador de
tal modo que le concedió a Androcles su libertad y le obsequió una gran suma de dinero.
De allí en adelante Androcles era liberto y andaba en las calles de Roma acompañado de
su león que como gran perro cariñoso y agradecido acompañaba a su querido dueño.
Ella cuenta con alegría como todos compañeros rieron al narrar como rugia el león haciando la onomatopeya correspondiente ¡GRRRRRRARRRRRR!
Y su profesor con todo respeto le dijo:
-No es que me burle pero... ¿podrías repetir esa última parte?
lunes, 27 de agosto de 2012
8 Cuentos cuento de Noche.
8 cuentos cuento de noche
En cuanto me quedo durmiendo
Contando con que cada cuento
Contado correctamente
Conjugue mis cuatrocientos cuarenta sueños,
que consisten en consejos consensuados
con el Consejo Supremo de Conejos Muertos
todos blancos perfectos, de dientes pequeños
pero cojos y ciegos
Y ya en pleno ¿Conque contribuir a la sesión?
Cuéntanos los 8 con los que contamos
¿Qué no concibes con que dolor comenzamos?
¡El del día de tu cumpleaños!
-No, Con ese no coincidimos, no esta terminado-
Contános el de la bruja, con todo tenebroso detalle
No, con ese concibo congoja cual si la viera en la calle
¡Bah¡ Que cobarde se encuentra aquel ,
¡Que Cobarde¡ Gritan
a coro los otros cien
¡Ah entonces cuéntanos el de la hermosa Janet¡
¿Quién? No olviden que las casadas no me sientan bien
El del Dragón en la cueva que cocina con especias
- Almas necias, que el cuento aclaro de comida no es –
El del árbol de Laurel, de barcos y tesoros perdidos
-Conejos, mis amigos, no se sientan ofendidos
Pero el cuento es largo
y necesito más de 10 noches para terminarlo-
Ah entonces el del Marqués que tu preferido sin duda es
-No, por desgracia esta noche no me siento nada inspirado-
Oh ¿Sera acaso, por esa Mujer? ¿De nombre … ?
¡Callad Conejos ¡ Ni en mis sueños me alejo de los
indiscretos
El de la serpiente inmortal recién salida de su tumba
-No es que sucumba pero esperemos mejor a la noche de
Walpurga-
Solo uno resta que nos puedas relatar, el del hombre que
escribe…
-No es que los desanime pero la noche esta por terminar
Pero, puedo inventar uno pequeño, el de un hombre que en un
sueño…
MIEDO
Hace 10 años:
No es la primera vez que sientomiedo, ya en otras ocasiones lo he sentido; pero este no es como aquel miedotonto que me da en la oscuridad pero que se va con la música, tampoco es esemiedo que sentí cuando mamá murió, en esa ocasión no sentí miedo por mi, sinopor mamá, la gente dice que la gente mala va al infierno cuando se muere… y mamáno era buena; no se parece al miedo que sentía cuando me gustaba Teresa, esemiedo desapareció cuando ella me mandoal diablo, aquel miedo se convirtió en ira; la gente dice que la ira es pecado,pecado capital, así que mejor solo se convirtió en coraje, la verdad no quieroir al infierno.
Don Julio dice que yo no deboenojarme, que al hacerlo no mido mis fuerzas, que he lastimado a sus hijos, quehe lastimado a Doña Rosalía su mujer, que lastime a Teresa; pero sus hijos mellaman retrasado y para Doña Rosalía soy un arrimado, eso dice ella.
La gente dice que Don Julio es mitío, pero él siempre dice que le llame Don Julio.
El miedo que ahora siento esdiferente a todo lo anterior, se parecemas bien a lo que sentía cuando papa le pegaba a mamá, no por que mamá me dieralastima, sino por que sabia que después de mamá seguía yo, todavía tengoalgunas marcas.
Doña Rosalía me mando en buen momento por las tortillas, yano quería estar ni un minuto más en esa casa. Este es el mismo camino querecorro todos los días pero hoy en especial es oscuro, caluroso, siento unpicor en las manos, estoy acostumbrado a que la gente mi mire de una formaextraña, los hijos de Don Julio dicen que es porque tengo cara de tonto, no sesi tengo cara de tonto pero sé que no soy igual a los demás, pero hoy la genteme mira de una forma más extraña y no me importa, debe ser por lo sucio de miropa.
No había sentido tanta libertaddesde que papá se fue, ahora estoy solo y mi vida es eso, MI VIDA, ya nuncavolveré con Don Julio y Doña Rosalía, ya no puedo volver con Don Julio.
No le temo a la muerte, le temo alo que hay después de la muerte. No es la primera vez que mato a alguien,cuando llueve mato a muchos mosquitos que son malos porque pican y alguna vezllegue a matar a un gato por que no me dejaba dormir.
Le temo a la oscuridad, poreso camino hacia el sol, porque allá nopuede haber oscuridad, pero el temor a la oscuridad no es lo que siento, es elhombre que me sigue el que me hace sentir miedo.
Don Julio siempre estaba molestoconmigo, me llamaba idiota, decía que nada hago bien, que cuando nací no superespirar y ahí comenzó mi vida de idiotez.
El sol me hace sudar, me hacesudar mucho, me siento sucio, y el sudor y la sangre de mi camisa huelenextraño, asqueroso, como los domingos en la carnicería cuando me mandan a comprarcarne molida de las dos, tengo ganas de vomitar, pero si lo hago el hombre queme sigue podría alcanzarme.
Nunca había lastimado a don Juliopero hoy no pude contenerme, no recuerdo lo que paso antes, porque se molestotanto, pero me llamo animal, no me enojo tanto que me llamara animal siempre medecía burro o güey, pero no lo hizo con esa intención, él dijo que era unanimal que actuaba por instinto, eso no le entendí bien, por eso le pregunte -¿Quées eso? -
Y me dijo riéndose que no pensaba,que no sentía, que solo servía para comer, dormir y cagar.
Eso me dolió mucho ¡Como no voy asentir! si siempre he tenido un dolor muy grande aquí encerrado en el pecho ysi no siento ¿De donde entonces vienen todas las lagrimas que se me salen luego?
martes, 14 de agosto de 2012
Le Léthé, Charles Baudelaire
El Leteo (Le Léthé) es un poema maldito del escritor francés Charles Baudelaire, publicado en la colección de poemas de 1886: Los despojos (Les Épaves).
El Leteo es uno de los ríos subterráneos del Hades, el infierno en la mitología griega. Su forma más antigua, curiosamente, es idéntica al francés: Léthé, cuyo significado es Olvido. Recordemos que la función de las aguas del Leteo consiste en provocar un perfecto olvido de la vida sobre la tierra, para que las almas ingresen al Hades sin ninguna intención de retornar.
Viens sur mon coeur, âme cruelle et sourde,
Tigre adoré, monstre aux airs indolents;
Je veux longtemps plonger mes doigts tremblants
Dans l'épaisseur de ta crinière lourde;
Dans tes jupons remplis de ton parfum
Ensevelir ma tête endolorie,
Et respirer, comme une fleur flétrie,
Le doux relent de mon amour défunt.
Je veux dormir! dormir plutôt que vivre!
Dans un sommeil aussi doux que la mort,
J'étalerai mes baisers sans remords
Sur ton beau corps poli comme le cuivre.
Pour engloutir mes sanglots apaisés
Rien ne me vaut l'abîme de ta couche;
L'oubli puissant habite sur ta bouche,
Et le Léthé coule dans tes baisers.
À mon destin, désormais mon délice,
J'obéirai comme un prédestiné;
Martyr docile, innocent condamné,
Dont la ferveur attise le supplice,
Je sucerai, pour noyer ma rancoeur,
Le népenthès et la bonne ciguë
Aux bouts charmants de cette gorge aiguë
Qui n'a jamais emprisonné de coeur.
Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,
Tigre adorado, monstruo de aire indolente;
Quiero enterrar mis temblorosos dedos
En la espesura de tu cabello largamente;
Sepultar mi cabeza adolorida
En la falda colmada de tu perfume
Y respirar, como una flor ajada,
El relente de mi amor ya ido.
¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!
En un sueño, como la muerte, dulce,
Estamparé mis besos sin descanso
Por tu cuerpo pulido como el cobre.
Para ahogar mis sollozos apagados,
Sólo preciso tu profundo lecho;
El poderoso olvido habita entre tus labios
Y fluye de tus besos el Leteo.
A lo que es mi destino, desde hoy mi deleite,
obedeceré como un predestinado;
condenado inocente, mártir dócil,
cuyo inmenso fervor enciende el infierno
Sorberé, diligente, para anegar mi rencor,
el pérfido nepentes1 y la buena cicuta
en los breves pezones de tus agudos senos
tras los cuales jamás latió tu corazón.
1 nepentes: pócima mágica que los antiguos ingerían para suprimir
la tristeza y el dolor y que, posiblemente, contenía algún estupefaciente.
El Leteo es uno de los ríos subterráneos del Hades, el infierno en la mitología griega. Su forma más antigua, curiosamente, es idéntica al francés: Léthé, cuyo significado es Olvido. Recordemos que la función de las aguas del Leteo consiste en provocar un perfecto olvido de la vida sobre la tierra, para que las almas ingresen al Hades sin ninguna intención de retornar.
Gustave Doré
Tigre adoré, monstre aux airs indolents;
Je veux longtemps plonger mes doigts tremblants
Dans l'épaisseur de ta crinière lourde;
Dans tes jupons remplis de ton parfum
Ensevelir ma tête endolorie,
Et respirer, comme une fleur flétrie,
Le doux relent de mon amour défunt.
Je veux dormir! dormir plutôt que vivre!
Dans un sommeil aussi doux que la mort,
J'étalerai mes baisers sans remords
Sur ton beau corps poli comme le cuivre.
Pour engloutir mes sanglots apaisés
Rien ne me vaut l'abîme de ta couche;
L'oubli puissant habite sur ta bouche,
Et le Léthé coule dans tes baisers.
À mon destin, désormais mon délice,
J'obéirai comme un prédestiné;
Martyr docile, innocent condamné,
Dont la ferveur attise le supplice,
Je sucerai, pour noyer ma rancoeur,
Le népenthès et la bonne ciguë
Aux bouts charmants de cette gorge aiguë
Qui n'a jamais emprisonné de coeur.
Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,
Tigre adorado, monstruo de aire indolente;
Quiero enterrar mis temblorosos dedos
En la espesura de tu cabello largamente;
Sepultar mi cabeza adolorida
En la falda colmada de tu perfume
Y respirar, como una flor ajada,
El relente de mi amor ya ido.
¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!
En un sueño, como la muerte, dulce,
Estamparé mis besos sin descanso
Por tu cuerpo pulido como el cobre.
Para ahogar mis sollozos apagados,
Sólo preciso tu profundo lecho;
El poderoso olvido habita entre tus labios
Y fluye de tus besos el Leteo.
A lo que es mi destino, desde hoy mi deleite,
obedeceré como un predestinado;
condenado inocente, mártir dócil,
cuyo inmenso fervor enciende el infierno
Sorberé, diligente, para anegar mi rencor,
el pérfido nepentes1 y la buena cicuta
en los breves pezones de tus agudos senos
tras los cuales jamás latió tu corazón.
1 nepentes: pócima mágica que los antiguos ingerían para suprimir
la tristeza y el dolor y que, posiblemente, contenía algún estupefaciente.
miércoles, 8 de agosto de 2012
La historia del Cerrajero. Cuento tradicional Sufí
Había una vez un cerrajero al que acusaron injustamente de unos delitos y lo condenaron a vivir en una prisión oscura y profunda. Cuando llevaba allí algún tiempo, su mujer, que lo quería muchísimo se presentó al rey y le suplicó que le permitiera por lo menos llevarle una alfombra a su marido para que pudiera cumplir con sus postraciones cada día. El rey consideró justa esa petición y dio permiso a la mujer para llevarle una alfombra para la oración.
El prisionero agradeció la alfombra a su mujer y cada día hacía fielmente sus postraciones sobre ella. Pasado un tiempo el hombre escapó de la prisión y cuando le preguntaban cómo lo había conseguido, él explicaba que después de años de hacer sus postraciones y de orar para salir de la prisión, comenzó a ver lo que tenía justo bajo las narices. Un buen día vio que su mujer había tejido en la alfombra el dibujo de la cerradura que lo mantenía prisionero. Cuando se dio cuenta de esto y comprendió que ya tenía en su poder toda la información que necesitaba para escapar, comenzó a hacerse amigo de sus guardias. Y los convenció de que todos vivirían mucho mejor si lo ayudaban y escapaban juntos de la prisión. Ellos estuvieron de acuerdo, puesto que aunque eran guardias comprendían que también estaban prisioneros. También deseaban escapar pero no tenían los medios para hacerlo.
Así pues, el cerrajero y sus guardias decidieron el siguiente plan: ellos le llevarían piezas de metal y él haría cosas útiles con ellas para venderlas en el mercado. Juntos amasarían recursos para la huída y del trozo de metal más fuerte que pudieran adquirir el cerrajero haría una llave. Una noche, cuando ya estaba todo preparado, el cerrajero y sus guardias abrieron la cerradura de la puerta de la prisión y salieron al frescor de la noche, donde estaba su amada esposa esperándolo. Dejó en la prisión la alfombra para orar, para que cualquier otro prisionero que fuera lo suficientemente listo para interpretar el dibujo de la alfombra también pudiera escapar. Así se reunió con su mujer, sus ex-guardias se hicieron sus amigos y todos vivieron en armonía. El amor y la pericia prevalecieron.
miércoles, 25 de julio de 2012
Puede que no… pero y si pudiera…
Puede que no… pero y si pudiera…
Y si pudiera cortar el lejano fruto que apeteces
Y pudiera hacerte
sangrar los labios de deseo
Y pudiera darte de
regalo, aquello que mereces
Y de los secretos del mundo aquellos que poseo
Y si pudiera llenar tus sonrisas de colores
Las marrones, las verdes, las azules y las grises
En tonalidades tan variadas, con tantos matices
que un retrato tuyo en blanco y negro habrá de brillar
(tal
como un arco iris)
Y si pudiera ser aquel que buscas, aquel que quieres
El que llene tu vida de pequeños placeres
El que mitigue angustias y aplaque tormentas
De días oscuros o
noches sedientas
Que mi voz cante con tonos suaves tus canciones
Que mi pie con firmeza te sostenga
Que mi mano con delicadeza te acaricie
Y mi espíritu con paciencia te comprenda
Y si pudiera ser tu caballero, tu príncipe
De aquellos que no hablan de miedo
Aunque me aterre mentirte
Y de aquellos que no caen
Aunque me derrote perderte
Y si pudiera ser el héroe que te salve siempre
Que te rescate cuando te canses de estar cansada
De cuando te aburras
de estar aburrida
O te sientas sola de estar acompañada
Cuando quieras que alguien pronuncie tu nombre
Con tal solemnidad que el mundo se detenga
letra por letra,
Puede que no… pero y si pudiera…
BOLERO. Julio Cortazar
Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.
Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.
Por ahí un papelito
que solamente dice:
Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.
Y este fragmento:
La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos
y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.
Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.
Por ahí un papelito
que solamente dice:
Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.
Y este fragmento:
La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos
y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.
lunes, 9 de julio de 2012
El duque Job y su duquesa, el México de ayer según Manuel Gutierrez Nájera. Antonio Sarabia
Los versos nos llevan por el México de finales del XIX, en compañía de la seductora duquesita, por un simpático recorrido en la Ciudad de México a partir de la esquina del jockey club, actual Sanborn’s de los azulejos, por toda la calle de Plateros, hoy avenida Madero, hasta los antiguos almacenes de ropa de La Sorpresa, que más tarde se convertiría en La Ciudad de Londres y que hoy ha desaparecido.
El duque Job fue uno de los numerosos seudónimos que Manuel Gutierrez Nájera usó a lo largo de su vida. El poema está dedicado a una joven de la que se había enamorado (Marie), su duquesita, cuya vida transcurría a lo largo de las calles de Plateros y San Francisco, circunstancia que da pie al autor para enumerar los sitios de moda y evocar las costumbres de la época.
Reproducirlo, me parece, es mejor manera de rendir homenaje a este gran poeta mexicano que en 2009 festejó el siglo y medio de su nacimiento. Manuel Gutiérrez Nájera falleció a causa de una operación quirúrgica cuando apenas cumplía treinta y seis años de edad y estaba en el apogeo de su talento creativo.
El duque Job fue uno de los numerosos seudónimos que Manuel Gutierrez Nájera usó a lo largo de su vida. El poema está dedicado a una joven de la que se había enamorado (Marie), su duquesita, cuya vida transcurría a lo largo de las calles de Plateros y San Francisco, circunstancia que da pie al autor para enumerar los sitios de moda y evocar las costumbres de la época.
Reproducirlo, me parece, es mejor manera de rendir homenaje a este gran poeta mexicano que en 2009 festejó el siglo y medio de su nacimiento. Manuel Gutiérrez Nájera falleció a causa de una operación quirúrgica cuando apenas cumplía treinta y seis años de edad y estaba en el apogeo de su talento creativo.
LA DUQUESA DEL DUQUE JOB
Un día de 1884 invité a Gutiérrez Nájera y a don Manuel Puga a comer. Yo recién había dejado la casa de huéspedes en la que viví varios años y estaba estrenando alojamiento. Yo tenía 22 años; él, 25. Tras la comida, don Manuel nos dijo que estaba muy enamorado de una muchacha llamada Marie. Le pedimos que nos la describiera. Fue haciendo un retrato de la que ella no era, de lo que sí era, de lo que hacían juntos. También, casi sin darse cuenta, retrató cambios sociales. Y todo, en maravillosos versos decasílabos.
En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces al duque Job.
Don Manuel Gutiérrez Nájera, quien ya para entonces escribía en varios periódicos, tenía, entre sus muchos seudónimos, uno favorito: “El Duque Job”. Por extensión, su mujer era “la duquesa”. Bob era el inseparable perro de Puga y las fresas estaban buenísimas.
No es la condesa que Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja, que Prieto amó;
no es la criadita de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los gallos de Micoló.
Gutiérrez Nájera inicia el retrato describiendo lo que no era Marie. No era una falsa condesa presumida, como las que dibujaba el gran caricaturista José María Villasana. Tampoco una vulgar china poblana. Tampoco una sirvienta de pies descalzos o una arribista a la caza de juniors de pelo engominado (“los gomosos”). Mucho menos era alguien que se atreviera a las peleas de gallos que organizaba el diputado Micoló, donde sólo iban nuevos ricos vulgarísimos. En otras palabras, la duquesa no era poser, ni naca, ni gata, ni fresa, ni chaka, como se diría hoy.
Mi duquesita, la que me adora,
no tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto goce
y los placeres del five o’clock.
“Griseta” es un término sociológico de la época. Las grisettes originales eran costureras y obreras que vestían de gris. Estas mujeres, por tener ingresos propios, podían darse libertades que otras no podían, como escoger abiertamente su pareja. Una griseta es, por definición, coqueta y ligadora, pero no es una prostituta, sino una mujer independiente, que frecuenta los ambientes bohemios. Marie no era costurera u obrera, sino empleada en una gran tienda de lujo. Paul de Kock era un novelista francés, muy popular en la época y hoy olvidado, que escribía precisamente sobre las grisetas.
Boston Waltz es el nombre que se le daba al vals americano, mucho más lento que el aceleradísimo vals vienés. Las carreras que se refiere son a las de caballos, en los hipódromos de Peralvillo y de la Condesa. El five 0’clock es, por supuesto, la hora del té.
Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.
La referencia bíblica está en el Génesis. El patriarca Jacob vio una escalera por la que ascendían y descendían los ángeles. También vemos algo de descripción física, la reiteración del carácter de griseta y un principio de confesión de la fragilidad del amor: que adora “a veces” el duque Job.
Si pisa alfombras, no es en su casa;
si por Plateros alegre pasa
y la saluda madam Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista,
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápida va.
Tras la descripción, Gutiérrez Nájera saca de paseo a Marie. Ya la vemos caminando por Plateros y saludando a Madame Marnat, que dueña de la casa de vestidos más famosa de la época (recordemos que la mayor parte de los ajuares eran hechos a mano y a la medida). Aquí el uso del “sin disputa” es para jugar con las confusiones. Don Manuel juega a que Mme. Marnat quisiera vestir a Marie, pero en realidad “sin disputa” quiere decir “sin duda”. En realidad la duquesa Job va a casa de otra modista más modesta.
No tiene alhajas mi duquesita,
pero es tan guapa, y tan bonita,
y tiene un cuerpo tan v’lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia,
que no la igualan en elegancia
ni las clientes de Hélene Kossut.
V’lan y pschutt son dos palabras que eran usadísimas en Francia a principios de los años ochenta del siglo XIX. Guy de Maupassant en algún texto se queja de que estos dos vocablos estaban asesinando la lengua francesa, porque se usaban para todo. Serían hoy el equivalente de “chido”, aunque un Gutiérrez Nájera contemporáneo sería agringado y utilizaría el vocablo “cool”. Hèlene Kossut era la modista más renombrada en el México de entonces: ni en sueños una griseta hubiera podido comprar alguna de sus prendas.
Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
Un día de 1884 invité a Gutiérrez Nájera y a don Manuel Puga a comer. Yo recién había dejado la casa de huéspedes en la que viví varios años y estaba estrenando alojamiento. Yo tenía 22 años; él, 25. Tras la comida, don Manuel nos dijo que estaba muy enamorado de una muchacha llamada Marie. Le pedimos que nos la describiera. Fue haciendo un retrato de la que ella no era, de lo que sí era, de lo que hacían juntos. También, casi sin darse cuenta, retrató cambios sociales. Y todo, en maravillosos versos decasílabos.
En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces al duque Job.
Don Manuel Gutiérrez Nájera, quien ya para entonces escribía en varios periódicos, tenía, entre sus muchos seudónimos, uno favorito: “El Duque Job”. Por extensión, su mujer era “la duquesa”. Bob era el inseparable perro de Puga y las fresas estaban buenísimas.
No es la condesa que Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja, que Prieto amó;
no es la criadita de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los gallos de Micoló.
Gutiérrez Nájera inicia el retrato describiendo lo que no era Marie. No era una falsa condesa presumida, como las que dibujaba el gran caricaturista José María Villasana. Tampoco una vulgar china poblana. Tampoco una sirvienta de pies descalzos o una arribista a la caza de juniors de pelo engominado (“los gomosos”). Mucho menos era alguien que se atreviera a las peleas de gallos que organizaba el diputado Micoló, donde sólo iban nuevos ricos vulgarísimos. En otras palabras, la duquesa no era poser, ni naca, ni gata, ni fresa, ni chaka, como se diría hoy.
Mi duquesita, la que me adora,
no tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto goce
y los placeres del five o’clock.
“Griseta” es un término sociológico de la época. Las grisettes originales eran costureras y obreras que vestían de gris. Estas mujeres, por tener ingresos propios, podían darse libertades que otras no podían, como escoger abiertamente su pareja. Una griseta es, por definición, coqueta y ligadora, pero no es una prostituta, sino una mujer independiente, que frecuenta los ambientes bohemios. Marie no era costurera u obrera, sino empleada en una gran tienda de lujo. Paul de Kock era un novelista francés, muy popular en la época y hoy olvidado, que escribía precisamente sobre las grisetas.
Boston Waltz es el nombre que se le daba al vals americano, mucho más lento que el aceleradísimo vals vienés. Las carreras que se refiere son a las de caballos, en los hipódromos de Peralvillo y de la Condesa. El five 0’clock es, por supuesto, la hora del té.
Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.
La referencia bíblica está en el Génesis. El patriarca Jacob vio una escalera por la que ascendían y descendían los ángeles. También vemos algo de descripción física, la reiteración del carácter de griseta y un principio de confesión de la fragilidad del amor: que adora “a veces” el duque Job.
Si pisa alfombras, no es en su casa;
si por Plateros alegre pasa
y la saluda madam Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista,
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápida va.
Tras la descripción, Gutiérrez Nájera saca de paseo a Marie. Ya la vemos caminando por Plateros y saludando a Madame Marnat, que dueña de la casa de vestidos más famosa de la época (recordemos que la mayor parte de los ajuares eran hechos a mano y a la medida). Aquí el uso del “sin disputa” es para jugar con las confusiones. Don Manuel juega a que Mme. Marnat quisiera vestir a Marie, pero en realidad “sin disputa” quiere decir “sin duda”. En realidad la duquesa Job va a casa de otra modista más modesta.
No tiene alhajas mi duquesita,
pero es tan guapa, y tan bonita,
y tiene un cuerpo tan v’lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia,
que no la igualan en elegancia
ni las clientes de Hélene Kossut.
V’lan y pschutt son dos palabras que eran usadísimas en Francia a principios de los años ochenta del siglo XIX. Guy de Maupassant en algún texto se queja de que estos dos vocablos estaban asesinando la lengua francesa, porque se usaban para todo. Serían hoy el equivalente de “chido”, aunque un Gutiérrez Nájera contemporáneo sería agringado y utilizaría el vocablo “cool”. Hèlene Kossut era la modista más renombrada en el México de entonces: ni en sueños una griseta hubiera podido comprar alguna de sus prendas.
Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
Esta es la frase clave del poema, porque se trata de un paseo por Plateros, de la recuperación del espacio urbano, antes hosco y hostil, por una mujer normal y por un hombre que espera su salida del trabajo. La Sorpresa era un almacén casi esquina con el Zócalo, espacio femenino, y el Jockey Club, un masculino restaurante de postín en la Casa de los Azulejos. Es como si dijéramos “de Perisur a Mazaryk”.
¡Cómo resuena su taconeo
en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
¡Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios -¡Mimí Pinsón!
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
Esta es la frase clave del poema, porque se trata de un paseo por Plateros, de la recuperación del espacio urbano, antes hosco y hostil, por una mujer normal y por un hombre que espera su salida del trabajo. La Sorpresa era un almacén casi esquina con el Zócalo, espacio femenino, y el Jockey Club, un masculino restaurante de postín en la Casa de los Azulejos. Es como si dijéramos “de Perisur a Mazaryk”.
¡Cómo resuena su taconeo
en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
¡Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios -¡Mimí Pinsón!
Si alguien la alcanza, si la requiebra,
ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡Nadie lo salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!
Es un elogio del tránsito de esta muchacha trabajadora en un mundo de hombres. Coqueta, pero honesta, se ensaña con quien piensa que su caminar es equívoco. La duquesa Job va camino del almacén, pero no va de compras. En realidad Marie era dependienta del almacén de Madame Anciaux, sito en la calle 2ª de Plateros.
¡No hay en el mundo mujer más linda!
Pie de andaluza, boca de guinda,
sprint rociado de Veuve Clicquot,
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Theo.
Ágil, nerviosa, blanca, delgada,
media de seda bien restirada,
gola de encaje, corsé de crac,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitantes sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.
Continuamos la descripción, con énfasis en la blancura de la mujer (aunque he de decir que los rizos de Marie eran tan rubios como un coñac bastante oscuro; hoy los calificaríamos de castaños). La gola era un adorno en el cuello, al estilo del que le conocemos a Miguel de Cervantes. “Crac” es el sonido del corsé de costillas de ballena al cerrarse. En esa época era fundamental tener una cinturita: 20 pulgadas (51 cm) era lo ideal para una joven. ¡Imagínense qué apreturas para llegar a esa marca!
Sus ojos verdes bailan el tango;
nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.
¡Ah! Tú no has visto cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.
Tú no has oído que alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón.
Y los domingos, ¡con qué alegría!,
oye en su lecho bullir el día
¡y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!
La breve cofia de blanco encaje
cubre sus rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé.
Altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie,
La cofia de encaje es el gorrito típico de la ropa de dormir de las abuelitas. Marie lo usaba desde joven, así era la moda. De nuevo la insistencia del pie pequeño y del botín repicador. En la época lo normal era decirle catre a las camas.
Después, ligera, del lecho brinca,
¡oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen junto de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas del cotillón?
Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡Nadie lo salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!
Es un elogio del tránsito de esta muchacha trabajadora en un mundo de hombres. Coqueta, pero honesta, se ensaña con quien piensa que su caminar es equívoco. La duquesa Job va camino del almacén, pero no va de compras. En realidad Marie era dependienta del almacén de Madame Anciaux, sito en la calle 2ª de Plateros.
¡No hay en el mundo mujer más linda!
Pie de andaluza, boca de guinda,
sprint rociado de Veuve Clicquot,
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Theo.
Ágil, nerviosa, blanca, delgada,
media de seda bien restirada,
gola de encaje, corsé de crac,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitantes sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.
Continuamos la descripción, con énfasis en la blancura de la mujer (aunque he de decir que los rizos de Marie eran tan rubios como un coñac bastante oscuro; hoy los calificaríamos de castaños). La gola era un adorno en el cuello, al estilo del que le conocemos a Miguel de Cervantes. “Crac” es el sonido del corsé de costillas de ballena al cerrarse. En esa época era fundamental tener una cinturita: 20 pulgadas (51 cm) era lo ideal para una joven. ¡Imagínense qué apreturas para llegar a esa marca!
Sus ojos verdes bailan el tango;
nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.
¡Ah! Tú no has visto cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.
Tú no has oído que alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón.
Y los domingos, ¡con qué alegría!,
oye en su lecho bullir el día
¡y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!
La breve cofia de blanco encaje
cubre sus rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé.
Altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie,
La cofia de encaje es el gorrito típico de la ropa de dormir de las abuelitas. Marie lo usaba desde joven, así era la moda. De nuevo la insistencia del pie pequeño y del botín repicador. En la época lo normal era decirle catre a las camas.
Después, ligera, del lecho brinca,
¡oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen junto de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas del cotillón?
Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen beefsteak,
media botella de rico vino,
y en coche, juntos, vamos camino
del pintoresco Chapultepec.
Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
media botella de rico vino,
y en coche, juntos, vamos camino
del pintoresco Chapultepec.
Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
Calle de Plateros, 1900.
Termino esta historia con un chisme íntimo. Gutiérrez Nájera abandonó a Marie. La griseta se puso tan deprimida, que intentó suicidarse al disolver cerillos en una taza de té. Lo único que logró fue una tremenda intoxicación. Don Manuel casó después con doña Cecilia Maillefert, y José Martí le dedicó a la primogénita de ese matrimonio uno de sus poemas más celebrados: “clavellín de nieve”. De la efímera Duquesa Job no supimos más. Pero su caminar por las calles de la ciudad de México resultó ser inmortal.
Gutiérrez Nájera, por su parte, está eternizado en el mural "Sueño de una tarde dominical en la Alameda", de Diego Rivera. Es el señor elegante, debajo de los globos, que se quita el sombrero ante dos damas que pasean por el parque: mujeres que -como Marie, su duquesita- empezaban a adueñarse de la calle y de la ciudad.
jueves, 5 de julio de 2012
Artemisia Gentileschi
Artemisia Lomi Gentileschi (Roma, 8 de julio de 1593 - Nápoles, hacia 1654) fue una pintora caravaggista italiana, hija del pintor toscano Orazio Gentileschi (1563-1639).
Vivió en la primera mitad del siglo XVII. Tomó de su padre, Orazio, el límpido rigor del dibujo, injertándole una fuerte acentuación dramática, tomada de las obras de Caravaggio, cargada de efectos teatrales; elemento estilístico que contribuyó a la difusión del caravaggismo en Nápoles, ciudad a la que se trasladó en 1630.
Vivió en la primera mitad del siglo XVII. Tomó de su padre, Orazio, el límpido rigor del dibujo, injertándole una fuerte acentuación dramática, tomada de las obras de Caravaggio, cargada de efectos teatrales; elemento estilístico que contribuyó a la difusión del caravaggismo en Nápoles, ciudad a la que se trasladó en 1630.
Artemisia Gentileschi nació en Roma, el 8 de julio de 1593. Fue la hija mayor del pintor Orazio Gentileschi, uno de los grandes representantes de la escuela romana de Caravaggio. Artemisia fue introducida a la pintura en el taller de su padre, mostrando más talento que sus hermanos, que trabajaron junto a ella. Aprendió dibujo, cómo empastar los colores y dar brillantez a los cuadros. Dado que el estilo de su padre, en aquellos tiempos, se remitía explícitamente al arte de Caravaggio (con el que Orazio tenía relaciones de familiaridad), también los primeros pasos artísticos de Artemisia se situaron, por motivos diversos, en el despertar del gran pintor lombardo. Pero su aproximación a los temas era diferente de la de su padre.
Firmó a los diecisiete años su primera obra, (aunque muchos sospecharan entonces que fue ayudada por su padre): Susana y los viejos, 1610, colección Schönborn en Pommersfelden). El cuadro muestra cómo Artemisia había asimilado el realismo de Caravaggio sin permanecer indiferente al lenguaje de la escuela de Bolonia, que tuvo a Annibale Carracci entre sus mejores artistas. A los diecinueve años, dado que el acceso a la enseñanza de las academias profesionales de Bellas Artes era exclusivamente masculino, y por tanto le estaba prohibido, su padre le dio un preceptor privado, Agostino Tassi. Con él estaba trabajando en aquel tiempo Orazio, en la decoración de las bóvedas de Casino della Rose dentro del Palacio Pallavicini Rospigliosi en Roma.
Firmó a los diecisiete años su primera obra, (aunque muchos sospecharan entonces que fue ayudada por su padre): Susana y los viejos, 1610, colección Schönborn en Pommersfelden). El cuadro muestra cómo Artemisia había asimilado el realismo de Caravaggio sin permanecer indiferente al lenguaje de la escuela de Bolonia, que tuvo a Annibale Carracci entre sus mejores artistas. A los diecinueve años, dado que el acceso a la enseñanza de las academias profesionales de Bellas Artes era exclusivamente masculino, y por tanto le estaba prohibido, su padre le dio un preceptor privado, Agostino Tassi. Con él estaba trabajando en aquel tiempo Orazio, en la decoración de las bóvedas de Casino della Rose dentro del Palacio Pallavicini Rospigliosi en Roma.
Un escándalo marcó su vida. Tassi la violó en 1612. Al principio, él prometió salvar su reputación casándose con ella, pero más tarde renegó de su promesa, pues ya estaba casado, y Orazio lo denunció ante el tribunal papal. La instrucción, que duró siete meses, permitió descubrir que Tassi había planeado asesinar a su esposa, cometió incesto con su cuñada y había querido robar ciertas pinturas de Orazio Gentileschi. Del proceso que siguió se conserva documentación exhaustiva, que impresiona por la crudeza del relato de Artemisia y por los métodos inquisitoriales del tribunal. Artemisia fue sometida a un humillante examen ginecológico y torturada usando un instrumento que apretaba progresivamente cuerdas en torno a los dedos — una tortura particularmente cruel para un pintor. De esta manera se pretendía verificar la veracidad de sus acusaciones, pues se creía que si una persona dice lo mismo bajo tortura que sin ella, la historia debe ser cierta. Tassi fue condenado a un año de prisión y al exilio de los Estados Pontificios. Las actas del proceso han influido grandemente en la lectura en clave feminista, dada en la segunda mitad del siglo XX, a la figura de Artemisia Gentileschi.
La pintura Giuditta che decapita Oloferne (Judith decapitando a Holofernes) (1612 - 1613), que se exhibe en la Galleria degli Uffizi de Florencia impresiona por la violencia de la escena que representa, y ha sido interpretada en clave psicológica y psicoanalítica, como un deseo de venganza respecto a la violencia que ella había sufrido.
Gentisleschi logró ser la primera mujer miembro de la Accademia di Arte del Disegno de Florencia, se codeó con nobles de la talla de Cosme II de Médici, mantuvo una gran amistad con científicos como Galileo Galilei y trabajó en distintas cortes italianas y europeas, como la de Carlos I de Inglaterra.
Wiki
Gentisleschi logró ser la primera mujer miembro de la Accademia di Arte del Disegno de Florencia, se codeó con nobles de la talla de Cosme II de Médici, mantuvo una gran amistad con científicos como Galileo Galilei y trabajó en distintas cortes italianas y europeas, como la de Carlos I de Inglaterra.
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martes, 3 de julio de 2012
Causa del amor. Francisco Brines
Cuando me han preguntado la causa de mi amor
yo nunca he respondido: Ya conocéis su gran belleza.
(Y aún es posible que existan rostros más hermosos.)
Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su espíritu
que siempre me mostraba en sus costumbres,
o en la disposición para el silencio o la sonrisa
según lo demandara mi secreto.
Eran cosas del alma, y nada dije de ella.
(Y aún debiera añadir que he conocido almas superiores.)
La verdad de mi amor ahora la sé:
vencía su presencia la imperfección del hombre,
pues es atroz pensar
que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas,
y así ciegan los cuerpos la gracia del espíritu,
su claridad, la dolorida flor de la experiencia,
la bondad misma.
Importantes sucesos que nunca descubrimos,
o descubrimos tarde.
Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor,
movida luz, honda frescura;
y el daño nos descubre su seca falsedad.
La verdad de mi amor sabedla ahora:
la materia y el soplo se unieron en su vida
como la luz que posa en el espejo
(era pequeña luz, espejo diminuto);
era azarosa creación perfecta.
Un ser en orden crecía junto a mí,
y mi desorden serenaba.
Amé su limitada perfección.
yo nunca he respondido: Ya conocéis su gran belleza.
(Y aún es posible que existan rostros más hermosos.)
Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su espíritu
que siempre me mostraba en sus costumbres,
o en la disposición para el silencio o la sonrisa
según lo demandara mi secreto.
Eran cosas del alma, y nada dije de ella.
(Y aún debiera añadir que he conocido almas superiores.)
La verdad de mi amor ahora la sé:
vencía su presencia la imperfección del hombre,
pues es atroz pensar
que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas,
y así ciegan los cuerpos la gracia del espíritu,
su claridad, la dolorida flor de la experiencia,
la bondad misma.
Importantes sucesos que nunca descubrimos,
o descubrimos tarde.
Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor,
movida luz, honda frescura;
y el daño nos descubre su seca falsedad.
La verdad de mi amor sabedla ahora:
la materia y el soplo se unieron en su vida
como la luz que posa en el espejo
(era pequeña luz, espejo diminuto);
era azarosa creación perfecta.
Un ser en orden crecía junto a mí,
y mi desorden serenaba.
Amé su limitada perfección.
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